Dormir en sábanas limpias es uno de esos grandes placeres de la vida que nos proporcionan algunos pequeños gestos cotidianos. La pregunta sería: ¿cuánto de 'cotidiano' tiene el hecho de cambiar la ropa de cama? O, dicho de otra forma, ¿cada cuánto tiempo deberíamos de ponerlo en práctica?

Para averiguarlo, María Dolors Vidal Roig, profesora de la Universidad de Castilla La Mancha y miembro del Grupo de Docencia y Difusión de la Sociedad Española de Microbiología, nos propone hacer un apasionante (¿inquietante?) safari para descubrir la fauna que habita entre nuestras sábanas. "Los tejidos pueden albergar diferentes microrganismos que hemos depositado en ellas, por ejemplo, en las sábanas mientras dormimos o en toallas cuando nos secamos las manos o el cuerpo. Esos microorganismos provienen de nuestra microbiota, que es el conjunto de microorganismos que conviven con nosotros y son necesarios para nuestra supervivencia".

Para entender mejor lo enjundioso del asunto, Vidal Roig nos explica algo de lo que ya oímos hablar mucho durante la pandemia de Coronavirus aunque desconocíamos su nombre 'técnico'. "Los fómites son objetos inanimados que pueden transmitir infecciones por microorganismos patógenos. Serían esas superficies de diversos objetos que tocamos a lo largo del día (de ahí que se insistiera tanto en que nos laváramos las manos con soluciones hidroalcohólicas). La ropa de cama puede actuar como fómite si alguien, previamente, ha depositado algunos de esos microorganismos patógenos que pueden llevar en las manos o en otras partes de su cuerpo".

¿De qué microorganismos patógenos estamos hablando? Esta microbióloga nos pone algunos ejemplos. "Las personas podemos ser portadoras de ácaros de la sarna o de piojos. Los ácaros de la sarna los llevamos en la piel y los piojos, en los pelos. Estos animales se dejan caer en la ropa de la cama y pueden durar algunos días sin comer nada. En el momento que otra persona duerma en una cama con las mismas sábanas de alguien portador de los ácaros o de los piojos, esos animales pueden subir al nuevo cuerpo".

De hecho, continua, "en sarna se conoce el término de 'cama caliente' cuando nos referimos a lechos que nunca están fríos porque siempre hay gente turnándose para dormir (por ejemplo, en casos de personal militar marino o en turnos de determinados trabajos con camas compartidas todo el tiempo)".

En el caso de bacterias u hongos, "cuando dormimos también podemos traspasarlos desde nuestra piel a la ropa de cama". En ambientes familiares, aclara, "no importa demasiado, porque la microbiota, en un núcleo familiar, está muy compartida".

Por regla general, las bacterias y los hongos "resisten menos en ambientes externos que no tengan nutrientes, pero la humedad, sobre todo a los hongos, les favorece muchísimo". Para aumentar su supervivencia, "algunas bacterias han desarrollado una capa externa como de moco -la cápsula-, que las hace mucho más resistentes a la desecación y, además, favorece la formación de biofilms (agregados bacterianos en una matriz pegajosa); muchas bacterias de entornos hospitalarios contienen esas cápsulas y, por eso, son difíciles de eliminar".

SUDOR Y SEBO

Pero, descendamos más al detalle si cabe.... ¿Qué 'huella' dejamos, exactamente, en nuestra almohada y sábanas tras una noche de sueño? "Nuestra piel libera sustancias que nosotros mismos fabricamos (sudor, sebo) y también otras, como hemos apuntado antes, que producen los microorganismos de la microbiota de la piel, que se multiplicarán en mayor o menor medida dependiendo también de la sudoración y producción de sebo". Por regla general, relata, "en la adolescencia se produce un cambio hormonal que repercute en el incremento de sebo, que favorece la multiplicación de ciertos microorganismos que tenemos en la piel (por ejemplo, el acné tan característico en esta franja de edad)".

De igual modo, existen diferencias por sexos: "Los andrógenos promueven también la secreción de sustancias que huelen más fuerte y la producción de estas glándulas cambia a lo largo de la vida, siendo mayor en edades adolescentes o adultas, en comparación con la edad infantil. Dicho de otro modo: los niños huelen distinto a los adolescentes y adultos".

Los microorganismos que habitan en nuestras camas son los mismos que habitan en nosotros mismos. "En la piel tenemos determinados hongos (Malassezia, Rhodotorula, etc) y algunas bacterias (algunas especies de estafilococos como S. epidermidis, Estreptococos, Cutibacterium, corinebacterias o difteroides, etc), que se liberarán a la ropa que llevamos puesta o a las sábanas (sobre todo si no llevamos pijamas o camisones). Todos esos microorganismos ya conviven con nosotros de manera natural y no suelen ser nocivos, porque sencillamente son parte de nosotros mismos. Forman parte de nuestra microbiota saprófita, que es tan necesaria para que estemos vivos. En la ropa de la cama o en nuestra propia ropa, no pueden sobrevivir mucho tiempo porque no tienen alimento ni agua, dos cosas necesarias para cualquier ser vivo, pero sí pueden dejar huella en forma de olor".

DORMIR SIN ROPA INTERIOR

Con toda esta información sobre la mesa, llega el momento de retomar la pregunta inicial. ¿Cada cuánto tiempo debemos de cambiar las sábanas? "El recambio de la ropa de cama en ambientes familiares dependerá, lógicamente, del uso que se haga. Las sábanas contactan con nuestro cuerpo y se manchan como se mancha cualquier prenda que llevamos puesta. Por regla general, sería recomendable cambiar las sábanas semanalmente para personas adultas o quincenalmente para niños. Aunque esta regla también depende de la temperatura ambiental; en verano se ensucian más porque sudamos más. Hay que utilizar el sentido común". Obviamente, también es recomendable cambiarlas "cada vez que se ensucien por otros motivos, como pudiera ser dejar restos orgánicos en ellas, por ejemplo tras tener relaciones sexuales".

Otro factor a tener en cuenta es la ropa con la que dormimos: "Dormir con pijama o camisón hace un poco de barrera entre nuestra piel y las propias sábanas, Si no llevamos ropa interior, hay que tener en cuenta que se liberarán microorganismos que tenemos en la zona genital-anal".

En cualquier caso, la señal que advierte de la necesidad del cambio de sábanas es "el propio olfato". No obstante, tranquiliza, "no se coge ninguna infección por dormir en nuestras propias sábanas, aunque que estén más tiempo puestas, pero está claro que a nadie le gusta dormir en sábanas que huelan mal (como vestir con ropa usada de más, sobre todo, si se trata de prendas que tocan directamente nuestra piel en zonas más ricas de microbiota, como la zona genital/anal o los pies)".

¿Hay que lavar con más frecuencia las fundas de las almohadas? "Las almohadas son receptoras del sebo de la cabeza, más marcado en hombres y en edades adolescentes-adultas. Las fundas sería muy recomendable lavarlas, como mínimo, cada semana".

¿Y los edredones? "El edredón no toca con nuestro cuerpo y simplemente se ensucia como cualquier objeto de la casa. Se puede airear quincenalmente y debería lavarse al finalizar la estación fría, antes de guardarlo para la siguiente temporada".

María Dolors Vidal Roig también nos explica cómo deberíamos de hacer la cama: "Para contestar a esta pregunta (como a muchas otras que nos hacemos), recurriría a la cultura popular de las abuela; y al sentido común. Lo mejor es deshacer la cama del todo para que se airee, mínimo unos 15-20 minutos (podemos hacerlo por ejemplo justo al levantarnos, mientras desayunamos y nos preparamos para salir). Las sábanas bajeras y las fundas del colchón (si no son completas de cremallera), se pueden sacudir sin quitar. La cama podríamos hacerla justo antes de salir de casa".

Y, puestos a preguntar, ¿es recomendable ducharse antes de irse a la cama? "Depende. La ducha es un hábito relativamente moderno que hemos instaurado y no influirá demasiado en todo lo comentado anteriormente. A título personal, yo no soy partidaria de duchas frecuentes por dos motivos principalmente: por gasto de agua (debemos concienciar del cambio climático/sequía) y porque eliminamos microbiota saprófita y sustancias naturales que excreta nuestra piel. Ahora bien, cada uno puede decidir ducharse o no, porque hay muchas personas que necesitan hacerlo a diario, es más bien un tema cultural. El sebo/sudor se incrementa cuando más nos duchamos, porque perdemos esas sustancias que mantienen el equilibrio sano de la piel (también de nuestra microbiota) y nuestro cuerpo debe trabajar más para producirlas otra vez".

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